LAS DIOSAS NO ENVEJECEN

La sensualidad y el erotismo no tienen edad.

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Gema Margo

Gema Margo

Roma corporis voluptas o “el placer de los sentidos en Roma”

La máxima in varietate voluptas:en la variedad está el gusto” resume sobrada y alegremente el sentir con el que el ciudadano de la Antigua Roma aborda lo relativo al placer de los sentidos.

Como recomendación es, en términos generales, irrebatible, irrefutable e incuestionable; eso sí, siempre que se restrinja al inocente ámbito de las mechas californianas o de los bombones de chocolate, porque hacerla extensiva al modo romano y a profundis al terreno sexual nos plantearía algunos escollos a priori difíciles de superar.

¡Dos mil años nos separan! Hoy por hoy, un ardor sexual tan imaginativo como el romano se toparía de bruces (¡ay!) con toda suerte de prejuicios e inhibiciones que no se lo pondrían nada fácil: una herencia judeocristiana cuya concepción dista mucho de ser tan risueña y jaranera como aquélla, por recargar las tintas en su lado pecaminoso y culpable, y asentarlo cómodamente en las conciencias.

Sin duda, un romano bendecido por Júpiter aborrecería nuestra vida sexual por antojársele poco “condimentada” y entretenida.

   En aras de exprimirle todo el jugo al alegre precepto, el varón romano afrontó su disfrute carnal con naturalidad y campechanía, logrando el máximo disfrute y deleite, eso sí, sin censuras religiosas o meas culpas intimidatorias, (y sin fulgurantes destellos románticos, eso también, dado que el matrimonio era un contrato civil y la pasión amorosa podría debilitar al recio varón, tan severos ellos), aunque no obstante existían limitaciones morales a las que puntualmente sabían dar esquinazo (tan hábiles ellos).

   Además, tanto la herencia permisiva griega como la aplicación concienzuda de su sentido práctico -bien a un acueducto o  a  una variante erótica oriental admitida como conquista de guerra-, conformaron un desinhibido y multicolor panorama sexual a lo largo de casi un milenio: el placer de los sentidos era admisible per se, y su disfrute, recomendable.

Claro que, llegados a su punto más álgido, se pasaron tres municipia, porque la Roma Imperial se convirtió en paradigma del desenfreno y del vicio descontrolado, alimentado por una sociedad de nuevos ricos, corruptelas y ocios mal gestionados.

La dolce vita se fue irremediablemente al traste. Bueno, algunas pegas podríamos ponerle a este aparente paraíso carnal, teniendo en cuenta que, en un primer momento, concentraba el monopolio del placer en manos masculinas. Procedamos.

  Entre las limitaciones infranqueables que la virtus romana demandaba se encontraba el adulterio, el incesto y el escándalo público. Pero ante todo se le exigía -en aras de mantener  una  virilidad intachable- ejercer en todo momento y circunstancia sexual un rol activo, jamás pasivo, ¡no lo permitiera Júpiter!, ya fuese con prostitutas, amantes, esclavos o imberbes mancebos -por aquello de practicar la varietas, estando plenamente aceptada la homosexualidad, la sodomía e incluso la pederastia (cuestión que no deja de escandalizarnos)-.

En cualquier caso, era inaceptable rebajarse a dar placer a la pareja de turno: esposas en particular y amantes en general (eso también nos escandaliza).

Ni hablar de felatio ni cunnilingus, (vade retro), públicamente censurables y denigrantes -a menos que se utilizasen como castigo-. Por suerte, ambas técnicas desafiaron su mala prensa y se asentaron alegremente como práctica sexual hasta nuestos días, conservando una acepción latina que sólo la ennoblece.

Si bien la  recatada y honesta domina (so pena de quedarse sin nariz, orejas o vida por adúltera), enredada en su rueca y entregada al cuidado de su hogar se mantuvo alejada de los circuitos de placer -al contrario que su marido-,  supo a posteriori (S.I aC) aprovechar la relajación generalizada de las costumbres para recuperar el tiempo perdido, con la vista puesta en la sabiduría amatoria que atesoraban las prostitutas, cuyos looks y demás talentos adoptaron, -el acceso a los olisbos o dildos griegos y la visita a los prostíbulos masculinos hizo el resto-, para escándalo de los varones y autoridades en general.

O tempora!, O mores!” (“¡oh tiempos, oh costumbres!”), se lamentarían los severos varones (aunque seguro que lo agradecieron después). A partir de ese momento compartieron en igualdad de condiciones días de farra en los banquetes y admirarían igualmente a las puellae gaditanae (“chicas de Cádiz”) sensuales y provocativas artistas de varietés -entre otras cosas-, que animarían el cotarro.

 Si en algún momento el interés sexual aminoraba -cosa harto improbable-, la multitud de fiestas que tenían a su disposición les restituía rápidamente el ánimo.

Aunque celebraban y atraían la fertilidad de la naturaleza,  eran una excusa perfecta para celebrar también el disfrute carnal. Las Saturnalia, Phaleforia, Lupercalia, Vinalia y Floralia –donde apuntaban maneras las primeras bailarinas de striptease– hicieron las delicias de propios y extraños, y garantizaban asimismo el debido respeto y veneración a los dioses que les otorgaban el goce de la vida

Igualados ya ambos sexos en lo tocante al disfrute de los sentidos, es obligado y gratificante detenernos un momento en la rica nomenclatura sexual de la que se servirían para designar tanta promiscuidad y desenfreno.

Tomando como punto de partida su aspecto más ingenuo, ya habíamos adelantado que existían tres tipos de beso: osculum, basium y suavium, dependiendo respectivamente de que se diese en la mejilla, en los labios o bien se tratase de uno más íntimo entre amantes.

De ahí en adelante el catálogo de términos para designar tanto a los miembros sexuales (¡veintisiete para el masculino y once para el femenino!) como las acciones -y combinaciones- a las que invitan, ya fuesen activas o pasivas, exigirían unos cuantos anexos al final del artículo. Si vuestra curiosidad os apremia, podéis echar una ojeada al minucioso léxico erótico latino ofrecido en la página dedicada a la cultura clásica (www.culturaclasica.com).

Es… sorprendente. Como botón de muestra, aquí os ofrecemos algunos que no precisan traducción: mentula languidaversus mentula rigida; testiculus; masturbor; cunnum, término que explica cunnilingus, y de la misma manera, annilingus; y algunos otros que cuentan con menos simpatías: coitus interruptus y eiaculatio precox, que siguen formando parte de nuestro vocabulario erótico (confiemos que pocas veces).

   Esta sofisticación semántica alcanza también a las meretrices, en su calidad de trabajadoras legales y contribuyentes al fisco que, en función de sus especialidades y tarifas, eran reconocidas por uno u otro nombre (prostibulae, busturiae, lupae, etc.), todas ellas encomendadas fervientemente a la Venus Ericina, patrona de los prostíbulos.

El burdel era toda una institución en el mundo romano: cumplía un papel social insustituible  y como tal se le reconocía (eso ha cambiado poco). Se presume que las monedas eróticas denominadas Sprintiae les servían de “diccionario erótico” para entenderse con los clientes extranjeros a la hora de contratar sus servicios, o bien podían formar parte de algún juego -cómo no- erótico

Falta añadir a este libidinoso mosaico el papel de una “ejemplarizante” y lasciva mitología que les servía de inspiración.

Dioses humanizados que sufrían el azote de lujuriosas pasiones seducían a otros dioses o a simples mortales valiéndose de su extraordinario poder de camuflaje -por algo eran dioses-. Júpiter, el Zeus griego, tenía en su haber multitud de disfraces (como  lluvia,  cisne, toro o sátiro) de los que echaba mano para lograr su empeño.

 Bajo la advocación de los dioses más sensuales y concupiscentes -Venus, Cupido y Baco-, y de algunas otras divinidades fálicas como Mutunus Tutunus, Pan y Príapo, todos ellos relacionados con los ritos que ensalzan la fecundidad de la naturaleza, los romanos moldearon los rigores e incomodidades de su vida diaria para otorgarse la existencia más festiva posible. Estos romanos… ¡sabían latín!

No obstante, difícilmente llegaron a alcanzar las cotas de desenfreno alcanzados por muchos de los disolutos emperadores que guiaron sus vidas. El escabroso retrato que Suetonio en “Vidas de los doce césares” (121 d.C) brinda acerca de las perversiones imperiales ha servido de inspiración sin fin al cine y a la literatura.

El cóctel de desenfreno, traiciones, venganzas, odios y ansias de poder queda maravillosamente reflejado en series tan míticas como “Yo Claudio” (BBC,1976), a partir de los textos de R. Graves; Roma” (B. Heller, 2005) o la impresionante “Spartacus: “sangre y arena”, con escenas de alto contenido erótico protagonizadas por el hercúleo -y tristemente fallecido- A.Whitfieldt.

  Al margen de tanta depravación y vicio encarnado en personajes como Tiberio, Calígula, Nerón o Mesalina, me apetece dedicarle el último párrafo a la mujer que encarnó la seducción, el carisma y la inteligencia con letras doradas: la inigualable y exótica Cleopatra.

Sus artes amatorias no dejaron indiferente ni a Julio César ni a Marco Antonio, a quienes robó el corazón, a pesar de no ser tan bella como el cine ha pretendido. Juan Eslava Galán en La vida amorosa en Roma” (Madrid: Temas de Hoy, 1996) -libro delicioso y concienzudo  a partes iguales-, le dedica un pequeño epígrafe titulado “la presa de Cleopatra”, aludiendo al particular talento que compartiría con las mujeres que controlan conscientemente su musculatura más oculta, para servirse de ella -exitosamente- en las relaciones íntimas.

Hoy por hoy, no sería mala idea emular el mencionado talento, teniendo en cuenta los innumerables beneficios que podrían aportar a nuestra salud y a nuestras relaciones de pareja.

Si te ha gustado este artículo, no te pierdas el de «Las artes amatorias al pie del Vesubio«»

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6 comentarios en «Roma corporis voluptas o “el placer de los sentidos en Roma”»

  1. Felicidades por este artículo, Gema.
    Siempre me ha llamado la atención el mundo romano, y más después de tener el privilegio de visitar Pompeya.
    Por cierto, la visita al lupanar fue de lo que más disfruté, dentro de que todo es excitante.

    Un abrazo grande

    Responder
    • En efecto, el mundo romano es tremendamente interesante. He añadido el link del post «Artes amatorias al pie del Vesubio» al pie de este artículo. Seguro que también te gustará.
      Un abrazo super flor

      Responder

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