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Gema Margo

Gema Margo

Luciendo medias … ¡de cine!


   Quienes declaramos -públicamente y ante cualquier tribunal- ser espectadores incondicionales de la magia del cine (léase, del buen cine), apasionados y rendidos destinatarios de las emociones que revela y despierta, podemos afirmar sin rubor que el séptimo arte ha forjado nuestra historia personal a golpe de escenas, diálogos e historias extraordinarias e inolvidables.

   Todos ellos quedan sedimentados en una antología cinematográfica individual e íntima, antología que habla al fin y al cabo de nuestra vida y de nuestra capacidad para enriquecerla fotograma a fotograma. (Brindo por ese inagotable hechizo: ¡CHÍN, CHÍN! ¡El cine es un regalo!).

   Este merecido brindis por el cine no es sólo una excusa para abrir una botella de Codorniu Gran Cremat (mejor, semi-sec) y celebrar algo. Obedece a una clara intención: pretendo servirme del hechizo y de la belleza que desprenden (el cine y el cava), para engarzarlo con el tema de este artículo: las medias femeninas (¡dan tanto juego!). 

   Allí dejé elevada la media al lugar que le correspondía: al mismísimo olimpo del universo íntimo femenino, como irrebatible y perfecta expresión de su sensualidad y misterio.

   Y ahora, revolviendo febrilmente en mi memoria cinematográfica, -como lo haría el primer día de rebajas en la sección de lencería-, rescato finalmente para este propósito aquellas películas donde las medias son, si no protagonistas principales, sí geniales y sublimes secundarias.

   Sugeridas o exhibidas; impecables o desaliñadas, sofisticadas o corrientes, esta prenda ha aportado a la historia del cine momentos imborrables que bien podrían integrarse en ocasiones en una antología visual de la seducción, entendida como el arte de sugerir y hacer volar la imaginación. 

   Bien es verdad que en otros momentos sirve a un interés mas prosaico y lúdico, e incluso delictivo, pero en todos ellos se nos revela como un accesorio sorprendente y singular.

 

   Además, su talento cinematográfico y estético queda fuera de toda duda: su extensa filmografía así lo avala (si existen los premios Grammy y Emmy, ¿para cuándo un Premio Panty -con distinción de honor- de la Academy awards de Hollywood por su dilatada carrera (no, no me refiero a ningún desperfecto descomunal de la misma, sino a su extenso y fabuloso palmarés)?

   Un complemento tan versátil, sutil y sensual como la media es susceptible de brillar en múltiples registros, ya sea en circunstancias dramáticas, cómicas o intrigantes; de tal manera que admite por igual colarse en un drama, una comedia o un thriller, como desencadenante de pasiones desenfrenadas, esencia de la picardía o instrumento para saltarse la legalidad, respectivamente.

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   Donde, sin lugar a dudas, la media (y su dulce atadura: la liga) luce vital y jubilosa, es en el musical; este género encarna, mejor que ningún otro, su esencia. La media es a una vedette, lo que la gabardina a cualquier gánster: pertinente y apropiada.

    Pues, ¿qué sería de Velma y Roxy en la película Chicago (Rob Marshall, 2002) sin esos glamurosos pantys dosificando glamour y seducción a ritmo de jazz? 

   ¿No es verdad que dan ganas de emularlas bailando el Tango del Pabellón, All I care About o When your good to mama (Morton) Y, ¿cómo olvidarse de la inigualable Sally Bowles (Lize Minelli), de sus medias negras y de su liguero en Mein Herr, en la película de Bob Fosse, Cabaret (1972) que lo inmortalizaría como el espectáculo más vibrante y transgresor?

   En ocasiones, el carácter festivo de la media se nos muestra radiante, como en el caso de la última historia de Ayer, hoy y mañana (Vittorio de Sica, 1963), donde la locura que desencadena la atractiva y temperamental Mara (Sofía Loren) allá donde mira, hace tambalear incluso alguna vocación religiosa, creyendo -a la vista de su liguero- reconocer el cielo en la tierra.

   Como momento mítico, es obligado reseñar el striptease de Mara, al que asiste -ovillado en la cama y aullando de emoción- el frustrado Marcello Mastroianni como Sr. Rusconi, por ser anticipo de mucho y final de nada. 

   Este instante incluye además una lección ejemplar sobre la técnica más seductora a la hora de desprenderse de las medias: el humedecimiento de la palma de la mano que facilita un enrolle perfecto.

Película

   Como manual de seducción no admite rival. Y para más inri, su airoso lanzamiento adorna aún más su cautivadora maña, pues, incluso cayendo, mantiene la forma de la pierna de Mara, como si una invisible estructura la sujetase.

    Ese sublime momento resume toda su esencia: contiene picardía, sensualidad y naturalidad. (Ya sabes como me gusta esto, incluso el lanzamiento)


Película

   De forma ingeniosa y cándida se nos muestra en otras dos películas: ingeniosa en el caso de Días de radio (Woody Allen, 1987) donde, la escasez de medias derivada de la guerra, obliga a la Tía Bea a echar mano de un socorrido y fácil recurso: dibujar la costura trasera con una regla para simular su presencia.

   Disparatada en el caso de Me siento rejuvenecer (Howard Hawks (1952), donde una seductora Marylin Monroe en el papel de secretaria, intenta desestabilizar al ingeniero químico Barnabe (Cary Grant) mostrando ingenuamente su panty sobre la mesa, al tiempo que comenta las bondades del acetato de sodio, como fórmula química magistral que las hace posibles.

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   Como originales y embriagadoras -y así las concebía también el agente Néstor Patou (Jack Lemmon)-, las medias verde-turquesas que luce Irma (Shirley MacLaine) en Irma la dulce (Billy Wilder, 1963) no admiten rival. 

   El hecho de que Irma adelantara las reveladoras posibilidades de este color en su lencería, en su sombra de ojos y en el lacito de su perrita Coquette, justifica sobradamente el revival turquesa que vivimos hoy en día. Gracias, “Irma la turquesa”.

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   La versión disparatada del asunto nos la regala la divertidísima película española Atraco a las tres (J.Mª. Forqué, 1962). 

   Siguiendo el guión de las películas americanas, los ilusos trabajadores de un banco, hastiados de la miseria que les rodea y sintiéndose merecedores de un futuro mejor, deciden -sin mucha malicia pero con gran chapucería-, robar su propio banco ¿Y qué mejor para dar el golpe que una media para ocultar su identidad? 

   El resultado es un estropicio total (no para el banco, claro) que no les sacará de su miseria.

   De manera que, como camuflaje para atracos, no parece hoy por hoy muy buena idea, aunque a tenor de los garrafales acontecimientos bancarios que nos inundan, nunca mejor que ahora tiene sentido la película, con la diferencia de que ahora los autores de los robos no son sus trabajadores, sino los directores de los mismos.

    Y con este listado tan interesante de películas, sólo que aprovisionarse de unos cuantos cubos de palomitas y disfrutar.

 

   Las implicaciones dramáticas en las que se desenvuelve la media podrían remitirnos directamente a películas como El graduado (Mike Nichols, 1967), donde un estudiado cruce de piernas de la experta Sra. Robinson tiene el devastador efecto de despertar de su atonía al correcto y pusilánime Benjamin, recién graduado en la universidad (y futuro graduado en las artes del amor, gracias a las clases magistrales de la  avezada seductora). 

   Y si nos remontamos un siglo atrás, una pose igualmente seductora acompañada por la voz de su dueña, Lola, cantando Falling in love again (Marlene Dietrich en El ángel azul (Josef von Stemberg, 1930) dieron al traste con la ordenada y aburrida vida del profesor Unrath, sacudido a partir de entonces por una desmedida pasión de funestas consecuencias.

   En contextos igualmente trágicos, concretamente la 2ª Guerra Mundial europea,  las medias femeninas sirven como moneda de cambio en múltiples películas; en ellas aparece siempre un marcial general nazi enarbolando el preciado accesorio, prenda que le granjeará fácilmente los favores de alguna bella enemiga o bien le permitirá filtrar los planes enemigos (o eso cree él).

   Como joya de la corona y colofón de mi antología cinematográfica -aunque hay muchas más que se me quedan en el tintero-, mencionaré una de mis películas preferidas: El piano (Jane Champion, 1993). Preferida porque encierra y resume la sutil esencia de una media: la delicada materia que esconde un misterio (y un paraíso). 

   Un pequeño defecto en la tupida media negra de Ada (Holly Hunter) hallado por George (Harvey Keitel) desencadena entre ambos una  pasión desbordada y prohibida. 

   Una apasionada aventura donde el tacto cobra todo el protagonismo (por padecer Ada una mudez temporal); donde, en lugar de palabras, el roce y la caricia tienen  un lenguaje propio. Imperdonable perdérsela.

   Y como corresponde a este placentero homenaje al cine y a las medias, te dejo una imagen propia y me marcho ahora mismo a comprarme unas medias para sentirme yo también una estrella de la gran pantalla. Y después, al cine.

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   Con amor, Gema Margó

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